Un encuentro fortuito

Avatar de Macarena Chamorro

Joder, el destino.

Otra vez hacía de las suyas y mira que yo no soy de creer mucho en esas cosas.
Teníamos a gente en común y habíamos coincidido dos veces antes sin quedar previamente.
Recuerdo perfectamente la primera vez que te vi en persona. Mi corazón se aceleró a mil por hora. No me lo podía creer: te había fichado por Instagram meses antes y en ese momento estabas frente a mí.
Primero vi a una amiga tuya y di por hecho que estarías allí. Y efectivamente.
No sabía qué decirte pues ya habíamos cruzado unas tímidas frases por esa famosa red social.
Coincidimos en algún concierto, y recuerdo haberte buscado, pero resultó al ver tu story que estabas en pista y no en grada. Mala suerte.
Pero aquel día de noviembre (el cual recuerdo perfectamente) marcó un antes y un después. Yo volvía de un gran viaje, ¿qué gran viaje? EL VIAJE.
Se me ocurrió contarte alguna anécdota y tú te reíste. Parecía que llamaba tu atención. Pero no fue el momento más oportuno.

Eso dicen, ¿no? Que igual no es el momento, pero sí la persona. Para nada eras la más guapa del lugar (aunque a mí sí me lo parecieras), ni la más ingenua, pero sin duda tu sentido del humor y amabilidad hicieron que me abstrajera durante aquellos minutos.


Cuando hablábamos por RRSS me seguías el juego y pensé que igual no
había estado a la altura, pues la conversación había sido muy plana. Pero cuál fue mi sorpresa que al pasar unas horas recibí un mensaje tuyo: «Me ha encantado desvirtualizarte».
Había tardado varios minutos en asimilar el mensaje. Pues no me lo esperaba para nada, pero en esta ocasión me tocaba a mí continuar ya que la pelota estaba en mi tejado.
Estuvimos hablando toda la noche y nos dieron las tantas de la madrugada.
Estábamos a gusto compartiendo experiencias, pero yo me sentía un poco absurda hablando por Instagram y quise pedirte el WhatsApp.
Finalmente, no lo hice por si cortaba nuestra fluida conversación de las tantas de la mañana.

Te despediste con un «me gustó que me alegraras la tarde».
Sabía que tenía que sorprenderte y a los pocos días te propuse un juego.
Tú te hiciste la dura y no aceptaste mi primera propuesta.
No sabía por qué. Todo iba sobre ruedas y estabas diciendo que no al plan que te había propuesto.

En ese momento mis cimientos contigo se tambalearon, pero a los dos días fuiste tú quien quisiste que nos volviéramos a ver: «Un café, te debo un café» me dijiste. «En esta ocasión no quiero dejar que los hilos los maneje el destino».
Adrenalina.
Provocaste la misma adrenalina en mi cuerpo que cuando marqué el gol de aquella semifinal.
Y fue entonces cuando le escribí a Adriana, mi mejor amiga, para ver qué narices te contestaba.
Adri me lo dijo claramente: «Maquita, porfa, no dejes que te vuelvan a hacer daño».

– ¿Pero daño por qué? – Le contesté.

– Sé que te gusta de verdad.

-Ya me conoces, Adri, no hay grises en mi vida, yo soy así. O blanco o
negro.


En esta ocasión quería jugarme todas mis cartas contigo.
Recuerdo perfectamente las 10 horas y 55 minutos del vuelo a CDMX.
Aún no te había conocido en persona y ya me estaba inventando cualquier excusa tonta para quedar contigo. Pero no quería parecer la típica pesada… Y otra vez la opinión de la gente me importaba, cuando me la tenía que traer al pairo.
Esas 10 horas y 55 minutos no se me hicieron tan largas como yo creía…
Me dio tiempo a pensar algunas, ¿qué algunas?, bastantes excusas.
Ninguna creíble. Sí. Ninguna creíble.
Sin conocernos teníamos gustos musicales similares. A mí eso ya me gana de una persona: cuando no la conozco y veo que comparte música que me flipa. Siempre fui melómana, desde pequeña, eso me viene de papá y su gusto por la música que nadie conoce, pero que llena el alma.
Sabía poco sobre ti: que te encantaba el deporte, la música y viajar; comías sano (por tus post instagramers), no eras del norte y tenías dos hermanas mayores. Eso fue lo que pude intuir. Entonces como no unía cabos, decidí que el primer juego que te propusiera sería entrevistarte.
Seguro que no lo había hecho mucha gente. En esta ocasión mi profesión iba a sacarme del apuro.
Nos conocimos un día impar, e íbamos a quedar en otra cifra impar.
Parece que los impares siempre me trajeron buena suerte.


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